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Movimientos sociales, acción colectiva y Participación Social

Movimientos sociales, acción colectiva y Participación Social
Por: Marcos Chinchilla

La historia de la humanidad reconoce en la libertad, la independencia, la autonomía de la persona y el derecho a la vida [1] valores fundamentales. Estos se han entremezclado con otros valores hasta conformar no solo la doctrina de los derechos humanos, sino su misma práctica y constante defensa.

Las guerras contra los imperios, las luchas sociales por la independencia, la revolución francesa, las revueltas sociales, las luchas de l@s trabajador@s y el esfuerzo sostenido de diversos grupos por abolir la esclavitud entre tantas otras acciones políticas, son una clara muestra tanto del deseo de emancipación como por exigir el respeto de los derechos humanos de la persona.

Este esfuerzo emancipador tiene una de sus principales expresiones en la modernidad, periodo histórico en que se plantea incluso la emancipación del ser humano en relación a un conjunto de tradiciones y valores sociales que le ataban al oscurantismo, los mitos y la metafísica. La libertad del ser humano se daría en función del dominio de la naturaleza por medio de la racionalidad científica. La ciencia permitiría superar el irracionalismo y la ignorancia, fomentando así la ansiada libertad del ser humano (Rozas, 1988).

Durante este periodo histórico de la humanidad también surge el Estado, entendido éste como la estructura de organización funcional y política, de representación social, y particularmente, de organización social que articula y perpetúa un modelo de producción económica sobre la que se descansa la sociedad.

En el caso particular de las sociedades occidentales, el Estado Capitalista viene no solo a organizar la producción económica, sino también a garantizar y legitimar este modelo económico.

El capitalismo logra reproducirse desarrollando un conjunto de relaciones de producción que implican la explotación del trabajo (o sea, de las personas que venden su fuerza de trabajo como mano de obra) y la distribución inequitativa de la riqueza socialmente producida[2], lo que deviene en la configuración de una cuestión social[3] que genera una tensión social que históricamente en el capitalismo ha generado diferentes expresiones de enfrentamiento, participación y movilización social.

Queremos insistir que la participación y movilización social no son un fenómeno que se de exclusivamente en el capitalismo, como lo indicamos al inicio de este documento, a lo largo de la historia se han presentando múltiples expresiones sociales que hacen de la participación y movilización un medio para lograr libertad y reconocimiento de derechos (entre ellos pueden reconocerse las revueltas indígenas, las luchas de liberación de los esclavos, los enfrentamientos de de los habitantes de Cartago contra el imperio Romano). Sin embargo, en el marco del capitalismo, participación y movilización social adquieren connotaciones particulares que se asocian con la naturaleza de los grupos que la asumen y las demandas sociales que representan.

En las primeras fases del capitalismo, las mayores muestras de participación social tenían una connotación exclusivamente de lucha de clases[4]. Sin embargo, en la actualidad otras propuestas teóricas sugieren ampliar la comprensión de la participación social.

Una primera discusión la desarrolla Camacho (1987) cuando identifica en los movimientos sociales una forma de expresión de tensiones en el marco de la sociedad civil. El propósito básico de estos radica en el reconocimiento por parte del Estado de sus demandas sociales y su posterior inclusión en políticas públicas.

Los movimientos sociales son un amplio paraguas de acción social en que se enfrentan intereses hegemónicos e intereses populares, de ahí la necesidad de diferenciar entre los movimientos populares y los de la clase dominante. Para este autor, los movimientos sociales están determinados por la categoría clase social y su relación con la exigencia de un proyecto político de sociedad, el cual está diferenciado según los intereses de cada una de las clases sociales.

Propone dos clasificaciones de movimientos sociales; por un lado las clasistas y pluriclasistas[5]; por otro, los movimientos tradicionales y los nuevos movimientos sociales. Pero en general, todos los entiende como la expresión de las contradicciones del sistema capitalista que no puede atender todas las demandas de la sociedad.

La supuesta novedad de los movimientos sociales es cuestionada por Gunder y Fuentes (1989), y afirman que los nuevos movimientos realmente “no son nuevos, así tengan ciertas características que si lo son…” aunque identifican movimientos sociales que si son nuevos como los ecologistas y los pacifistas. No obstante estas condiciones, los movimientos sociales son agentes de resistencia y transformación social dada las acciones de presión y propuesta que desarrollan en el plano político, en muy pocos casos representan una genuina posición de ruptura con el sistema productivo y político

La diversidad de posibles clasificaciones teóricas sobre el origen y naturaleza de los movimientos sociales, aluden a su nivel de organicidad,  constancia política y a su capacidad de acción a lo largo del tiempo. Según esta propuesta, un movimiento se constituye como tal en la medida en que sea orgánico y tenga una duración en el tiempo. Desde esa perspectiva muchas expresiones de participación social quedan descalificadas como movimiento social dado que aparecen, desaparecen, se transforman o reaparecen sin ninguna otra condición más que la necesidad de articularse socialmente para dar respuesta a una necesidad social muy puntual. Esta situación obliga a intentar comprender las expresiones de participación social desde un marco conceptual más amplio e inclusivo.

Justamente en esa línea Garretón (2002) opta por utilizar la categoría “acción colectiva” que permite incorporar tanto las manifestaciones organizativas y reivindicativas gestadas por los movimientos sociales (sean populares o burgueses) como acciones de menor cobertura geográfica, organizativa o política que también se dan en la sociedad.

Para este autor, cada tipo societal, se corresponde con formas diferentes de participación social. Por lo menos hasta finales de los años 70 del siglo pasado, los partidos políticos y diversas organizaciones obreras o campesinas eran capaces de canalizar y atender de forma “legítima” las demandas de diversos grupos sociales. En ese sentido, estas organizaciones se constituían en una válvula que regulaba las diferentes presiones sociales y limitaba cualquier iniciativa de transformación social que resultara amenazante para el sistema.

La crisis de los 80 y el esfuerzo neoliberal por reducir el Estado de Bienestar -regulador por excelencia de esas presiones- coincide tanto con el afán por generar un sentimiento colectivo de individualidad[6], como con la deslegitimación y persecución de los sectores sociales –sindicatos y grupos campesinos- que se oponían al modelo neoliberal y el cuestionamiento[7] a la capacidad de representatividad de los partidos políticos.

En este contexto, las diferentes organizaciones sociales populares deben repensarse, reorganizarse y enfrentarse a otras manifestaciones de participación social que toman fuerza y que si bien no siempre comparten las características aludidas anteriormente a los movimientos sociales, tienen un peso importante en generar espacios reivindicativos derivado de la cuestión social.

La “acción colectiva” resulta por lo tanto no solo en un concepto más inclusivo analíticamente, reconoce que nuevos actores sociales se empoderan y generan espacios de participación ciudadana mas democráticos y con mayor presencia a nivel regional, nacional o continental. La argumentación de Hopenhayn (1988: 21) tiene plena relevancia en esta argumentación teórica: la participación social busca potenciar todas las capacidades del ser humano y generar protagonismo de la persona en tanto ser social. La participación social buscará por lo tanto fomentar condiciones para generar una participación plena en la toma de decisiones, en la construcción de proyectos personales y colectivos que generen inclusión social, igualdad y justicia. En suma, las diferentes manifestaciones de acción colectiva generan ciudadanía, se orientan al reconocimiento, respeto, promoción y disfrute pleno de los derechos que tiene la persona.

Desde la acción colectiva, los sectores populares enfrentan, cuestionan y posicionan sus intereses en contraposición con los de las clases dominantes. Esta tensión, inacabada, se traduce en espacios de participación social en la que se definen políticas públicas, se reconfiguran espacios de poder y se perpetúa la reproducción capitalista; en algunos casos, con significativos avances en materia de inclusión social y participación social.

Los aportes de estos autores no hacen más que recordarnos que sigue existiendo una preocupación social por generar condiciones de participación y exigibilidad de derechos, mismas que tienden a ampliarse en temas tan sensibles para la sobrevivencia humana -y del mismo planeta- como el medio ambiente y la ausencia de conflictos militares, ambos asociados con el modelo de producción capitalista.

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[1]     Sin lugar a dudas esos valores pueden resultar en extremo individualistas y hasta atomizantes del mismo ser humano. Los derechos humanos tienen un origen burgués y de ahí el acento individualista; sin embargo, el posterior desarrollo de esta doctrina reconoce que no se puede prescindir de la colectividad para potenciar el pleno disfrute de los derechos humanos, en ese sentido, el derecho a la vida no será solo existir, sino, vivir con calidad.

[2]     En su reproducción también influye el uso de la tecnología y utilización de los recursos medioambientales que son incorporados en el proceso productivo con muy bajo costo o sin costo alguno.

[3]     El tema de la cuestión social como categoría fundamental en el Trabajo Social y en la sociedad capitalista, requiere toda una discusión aparte, para mayor información puede consultarse el documento de Margarita Rozas que se encuentra en la bibliografía.

[4]     Es importante mencionar que si bien diversas luchas sociales como las indígenas también tuvieron y tienen lugar en el seno de sociedades capitalistas, estas no se dieron precisamente en función de las relaciones de explotación capitalistas.

[5]     En el primero ubica a obreros, campesinos y necesariamente a los grupos patronales; en el segundo, ubica a personas que no siempre comparten todas esas características, por ejemplo estudiantes, grupos de mujeres, ambientalistas.

[6]     El éxito, la individualidad, la competencia y la riqueza se convirtieron en valores sociales ideales en las sociedades neoliberales. Cada quien sería responsable por su seguridad, por su ingreso económico, por la atención de sus necesidades presentes y futuras. La competencia resultaba salvaje, y era necesario sobrevivir sin que importaran los demás. El sentido de colectividad se desdibujaba en la medida que el mismo Estado se reducía y transfería sus competencias sociales al sector privado. Este esquema perduró mientras algunas sociedades experimentaban una bonanza económica en la que efectivamente las personas se sentían seguras y beneficiadas por las privatizaciones y el éxito individual; sin embargo, el modelo no es sostenible y las fracturas están más que anunciadas: en diciembre del 2001 Argentina llega a la cima de una crisis social y económica que desembocó en el cambio de cinco presidentes y en una situación de pobreza y exclusión social nunca antes vista en ese país. Con el fracaso de la individualidad, resurgieron múltiples iniciativas colectivas para poder sobrevivir en la crisis.

[7]     Cuestionamiento de por si válido ya que los partidos políticos más que representar necesidades de todo el colectivo, se orientaron a aprovecharse de los procesos de privatización del patrimonio público. Era evidente la distancia entre el proyecto burgués y el proyecto popular.

Técnicas y Comunicación durante la Intervención Social

El siguiente artículo fue publicado en la Revista Aldaba nº 42 (2017) Laura Ponce de León Romero (Profesora Doctora de Trabajo Social, UNED) y Antonio Ares Parra (Profesor Titular de Trabajo Social, Universidad Complutense de Madrid)


Resumen: En este artículo se exponen las principales técnicas con las que cuentan los profesionales para ejercer sus funciones durante la intervención social, donde la relación interpersonal entre el usuario y el profesional es imprescindible, y donde la comunicación ocupará un lugar destacado durante las entrevistas y la mediación. 

Se analizarán los aspectos necesarios para ofrecer garantías de éxito en la comunicación. 

Palabras clave: Intervención Social, Técnicas, Comunicación, Emociones, Habilidades profesionales, Mediación, Entrevista. 

Introducción 

Los profesionales encargados de llevar a cabo una intervención social tienen que usar una serie de técnicas para lograr sus fines u objetivos. A continuación se describen las más importantes vinculadas directamente con la comunicación, que serían dos fundamentalmente: la entrevista y la mediación.

La Entrevista

Es definida “como el encuentro hablado entre dos personas que conforman interacciones tanto verbales como no verbales” (Pope, 1979: 67), o como un diálogo constructivo, que tiene unos objetivos revisables a lo largo de un proceso reflexivo, pero sobre todo, participativo, convirtiéndose en un constructor de comunicación que debe ir más allá de la mera recogida de datos (Ariño, 2008: 25). 

Representa la relación interpersonal de apoyo profesional, a través de la cual, se intercambia información con el usuario, constituyéndose como el elemento básico para garantizar un cambio en la situación problemática del caso. 

La mediación 

Se suele utilizar cuando las partes implicadas no se ven capacitadas por sí mismas para superar un conflicto. La mediación se sustenta en supuestos que le dotan de especificidad dentro del marco general de la resolución de conflictos: confidencialidad, neutralidad, colaboración, voluntariedad y visión de futuro (De Diego y Guillén, 2010). 

Resulta muy complicado conocer los innumerables campos donde se puede aplicar la mediación como forma de resolver los conflictos que se originan en la vida cotidiana. El conflicto ha acompañado a las relaciones humanas desde que éstas existen ya que en todas las relaciones se producen tensiones, porque en cualquier momento los intereses pueden confrontarse. 

Otras definiciones pueden dotar al concepto de la mediación un valor terapéutico, entendiéndola como una herramienta o técnica cuya aplicación permite la resolución de conflictos de una manera pacífica y consensuada, mediante la colaboración neutral e imparcial del profesional que contribuye a la creación de un espacio de diálogo y comunicación adecuada capaz de facilitar la consecución de acuerdos (Fernández y Ponce de León, 2016: 92). 

Habilidades Básicas

Para realizar la intervención social los profesionales además de saber utilizar las técnicas anteriormente mencionadas, deberían disponer de tres habilidades básicas (Fernández y Ponce de León, 2012): la empática o saber ponerse en el lugar del otro, saber cuidarse a uno mismo y sobrellevar situaciones de estrés pues a veces pueden afectarnos los casos emocionalmente, y por último ser buen comunicador. En esta última habilidad nos centraremos a continuación. 

La comunicación durante la intervención social 

En el proceso de intervención social, la comunicación que se establece entre profesional de apoyo y usuario resulta un elemento clave para la efectividad de la intervención y para generar empatía (Rogers, 1972). 

El profesional no puede controlar el proceso de comunicación pero sí influir en él para facilitar el compromiso de acción del usuario, teniendo en cuenta las circunstancias concretas en que se produce que, normalmente, son situaciones de estrés y todo lo que conlleva de desorientación y bloqueo emocional, cognitivo y conductual. 

La comunicación en el proceso de intervención tiene una finalidad clara: conseguir que las cosas se hagan. Conduce a la acción, al compromiso, al cambio de conducta que debe provocar una mejora en el bien-estar y bien-hacer del usuario. Para conseguir efectividad en la intervención debemos ser conscientes de la necesidad de usar el método de comunicación adecuado. No se trata de tener buena voluntad y esperar a que los cambios se produzcan mágicamente, sino que se trata de tener el objetivo claro: qué lograr y el método para conseguirlo: cómo hacerlo. 

La manera de preguntar o sondear, escuchar y responder son claves para la comunicación profesional de ayuda. Convencer desde la empatía y la persuasión es la forma de motivar a las personas a actuar sobre los aspectos modificables de la realidad. Dar reconocimiento es una buena forma de potenciar cambios de conducta. Carkhuff y Bereson (1977) exponen las características que un profesional debe reunir para fomentar un clima agradable de trabajo conjunto: honestidad, sinceridad, cordialidad, respeto, aceptación, comprensión y empatía.



Según estos autores los profesionales deben respetar que cada persona es responsable de sí misma para organizar su destino, y por este motivo uno de los objetivos de la comunicación estará orientado a que la persona acepte y se responsabilice de su libertad de decisión para elaborar su propio cambio. El cumplimiento de los requisitos anteriores facilita la relación desde un plano más psicológico, pero no debe olvidarse la importancia que tiene el medio ambiente físico donde se desarrolla la relación interpersonal, se debe cuidar con esmero el entorno en el que se produzca la comunicación: unas condiciones climáticas óptimas, suficiente luz, colores no agresivos, mobiliario adecuado, ausencia de ruidos e interrupciones, y facilitar la confidencialidad de los datos. 

Garantizados estos aspectos psicológicos y físicos las acciones del profesional irán dirigidas a reforzar los siguientes aspectos personales (Bueno 2005: 87): 

• Tranquilizar al usuario para que pueda reestablecer su equilibrio emocional. La información y el asesoramiento son dos de los elementos imprescindibles para su tranquilidad. 

• Facilitarle la adquisición de habilidades y competencias relacionadas con la resolución de problemas, con la gestión de relaciones afectivas, con sus mecanismos de adaptación social, y con comportamientos relacionados con hábitos y procesos de conductas concretas. 

• Estimular su recuperación, respetando las condiciones y posibilidades de la persona. 

• Ofrecerle un espacio que facilite la intercomunicación. El proceso de apoyo profesional será una estrategia para enfrentarle a su realidad, eludiendo distorsiones que puedan alterar el cambio. 

• Favorecer el equilibrio, la potencialización psicológica y social de la persona, restaurando y reforzando las habilidades que pueda afrontar con mayores garantías de éxito su situación problemática, evitando situaciones de dependencia o falta de autonomía personal. 

Vamos a considerar la comunicación como una buena herramienta a cuidar en los procesos de intervención social. A ello dedicamos los párrafos que siguen. Hacemos las cosas lo mejor que podemos. Esa es nuestra fuerza. Podemos hacerlas mejor. Ese es nuestro aprendizaje. 

Características de la comunicación profesional: DECIR para que se HAGA Todos nosotros tenemos una gran experiencia en comunicarnos. Lo llevamos haciendo toda la vida, desde antes de nacer. Es imposible no comunicarse. También resulta imposible mantener comunicaciones “perfectas” porque son muchos los factores que influyen a la hora de realizar ese proceso de intercambio entre dos o más personas. 

Podemos hablar por hablar o relacionarnos con otras personas para mantener contactos sociales, pasar el tiempo, divertirnos, conocerlas, influir en ellas, etc. También podemos realizar actividades productivas de cara a la realización de tareas. Nos relacionamos para hacer algo juntos o para indicar a otro que haga algo. Cuando mantenemos relaciones profesionales, nos comunicamos para que hagamos algo con lo que decimos. 

Damos o nos dan instrucciones, órdenes, sugerencias, para que hagamos alguna actividad y para que realicemos esa actividad de una determinada manera, con un método, con una manera de hacer. Ese objetivo productivo, de transformar lo que decimos en lo que hacemos, configura y condiciona la forma de comunicarnos entre nosotros. 

Cuando debamos decir algo a alguien para que lo haga la comunicación debe producirse desde la cercanía personal, sin necesidad de levantar la voz y cerca del lugar de la acción. No es necesario imaginar situaciones ficticias, alejadas de la realidad, si podemos ensayar la conducta en el lugar de la acción. Si es necesario acompañamos a nuestro interlocutor al escenario donde actuará para que se familiarice con lo que debe decir y hacer en un supuesto real. 

Por ejemplo, haciéndole indicaciones del tipo “¿Dónde te vas a sentar cuando hables con él/ella? ¿Qué es lo primero que le vas a decir? ¿Qué harás para no engancharte emocionalmente? ¿Qué crees que te dirá y qué vas a responder? En la comunicación profesional, debemos solicitar feedback para saber si nos ha comprendido y, sobre todo, para conocer qué hará con lo que ha entendido. Expresiones como “¿me he explicado?” “¿me has comprendido?” “¿estás de acuerdo?” “¿lo harás?, etc., no sirven para nada porque sabemos de antemano lo que la persona va a responder: “sí”. Lo que necesitamos es captar realmente su comprensión de lo que le hemos dicho. 

Por eso son más adecuadas las preguntas de tipo: ¿Qué es lo primero que vas a hacer? ¿Qué te parece clave en lo que hemos comentado? ¿Qué medios, ayudas, necesitarás para hacerlo? ¿En cuánto tiempo lo terminarás?‘¿Cuándo me informarás al respecto? ¿Cómo sabrás que lo estás haciendo correctamente? Cuando una persona realiza una acción se juega su autoestima. Por eso es muy importante supervisar el principio de la acción para que los primeros ensayos acierto-error puedan convertirse en aprendizaje y no en fracaso. 

Observamos que el feedback lo solicitamos preguntando. No tratamos de aconsejar ni controlar sino de potenciar y encauzar la actividad y responsabilizar al otro de su propia conducta. El lenguaje profesional debe ser preciso. Debemos especificar lo que hay que hacer y preguntar al interlocutor cómo lo hará. El método, la forma de hacer, debe proponerlo, siempre que sea posible y hasta donde sea posible, el que ejecutará la acción. 

Lógicamente al dar una instrucción decimos al otro lo que debe hacer pero no cómo hacerlo. El vocabulario utilizado debe ser el que nuestro interlocutor puede comprender con su nivel de formación y experiencia. Cuidado a las pedanterías de los expertos que utilizan un lenguaje críptico para lucir sus conocimientos. Como la comunicación debe conducir a la acción al hablar debemos prever las consecuencias de lo que decimos. No hay lenguaje inocente. Lo que decimos ayuda o perjudica. Si algo sobra no lo digas. Al actuar debemos prever las consecuencias de nuestras acciones. No se trata de tener buena voluntad. Nuestra intención no cuenta. “El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”. 

Lo que sí cuenta es el impacto, las consecuencias que provocamos con lo que decimos. Una buena recomendación para no equivocarse o meter la pata mientras comunicamos, es ser prudentes y discretos, con todo lo que decimos y hacemos. Cómo persuadir: convencer no es argumentar sino desestabilizar creencias. Todos tratamos de persuadir a alguien alguna vez. En las relaciones con otras personas tratamos de influir en ellas para que hagan algo que nos beneficie o agrade o para compartir un tiempo o una actividad. ¿Me prestas tu coche este fin de semana? ¿Me acompañas a ver una exposición?‘¿Vienes a bailar? ¿Nos juntamos para comer y charlar? Queremos que la otra persona haga algo que sin nuestra invitación no haría. Buscamos la respuesta afirmativa. 

A veces, si se resiste, insistimos, damos alternativas, buscamos posibilidades para conseguir el acuerdo, la aceptación. En la comunicación profesional, desde el rol de consejero, trabajador social, coach, terapeuta, etc., tenemos que influir en la conducta de nuestro interlocutor para que haga algo nuevo o de otra manera o para que deje de hacer alguna cosa que le perjudica o le desagrada a él/ella o a otros. 

Lo primero que se suele plantear es el límite ético de la persuasión para distinguirla de la manipulación. Una forma sencilla de distinguir estas dos palabras, en la relación profesional, podría ser que mientras la manipulación favorece al que trata de influir, la persuasión favorece al influido/a. Otros aspectos importantes a tener en cuenta en la persuasión (Ares, 2013): 

a) No se trata de persuadir buscando argumentos para quitar la razón al interlocutor. De esta forma sólo conseguiríamos polarizar la conversación y que terminaran argumentando uno a favor y otro en contra del tema que se aborda. El persuasor da argumentos a favor de sus propias ideas y el “persuadido” los va rechazando con frases como “sí, pero…” y proponiendo otra versión opuesta de la realidad examinada. Ninguno de los dos se atrevería a plantear toda la cuestión; sólo sacarían a relucir aquellos aspectos que reforzarían su postura inicial. 

b) Se trata de acompañar al otro en su razonamiento desestabilizando sus creencias. Dejar que el “persuadido” hable y exponga sus razones y dificultades. Escucharle activamente. Comprenderle sin miedo. No darle argumentos en contra. Sí preguntarle para que el propio persuadido encuentre por sí sólo los argumentos “en contra” de su postura inicial, es decir, encuentre excepciones a su propio discurso. Aspectos que no haya tenido en cuenta en su postura inicial. Las creencias son generalidades que aceptan excepciones. Ahí debemos centrarnos para desestabilizar la creencia que impide el cambio de conducta. 

c) Ayudarle a plantearse cambios en su conducta para encontrar formas más sanas, con menos costes materiales o emocionales, para alcanzar sus objetivos. A qué se compromete el “persuadido”, qué está dispuesto a hacer y cómo lo hará en su situación, posibilidades, tiempo disponible, etc. La persuasión es básica en la relación de ayuda para comprometer al otro en un cambio de conducta que le resulte beneficioso para alcanzar sus objetivos vitales. 

La comunicación como relación interpersonal: 

Preguntar-Escuchar-Responder En la comunicación profesional, comunicación profesional que se establece entre un usuario o cliente, en muchas ocasiones debemos informarnos de lo que le sucede o necesita. Para captar bien la situación debemos obtener datos necesarios para poder hacernos una composición de lugar, para comprender la situación y poder intervenir en ella. 

Es importante, igualmente, que nuestro interlocutor se sienta comprendido. Que note que empatizamos con él/ella y nos hacemos cargo de sus situación. Para ello es importante que se sienta escuchado. El usuario de un servicio no cuenta su historia a un profesional sólo para que le escuche, sino para que comprenda su situación y, sobre todo, para que haga algo. ¿Qué puede hacer el profesional que sirva de ayuda al que demanda la escucha? Estos aspectos que acabamos de esbozar sobre la comunicación profesional: obtener información, comprenderla y reaccionar, son aspectos que vamos a desarrollar a continuación. 

Para obtener información debemos saber cómo hacer las preguntas que nos van a permitir recoger la información que vamos a precisar para nuestros fines profesionales, pues la finalidad de preguntar es obtener datos verdaderos y valiosos. Si las respuestas no aportan nada la pregunta sobra. Por ejemplo, decirle a alguien durante una entrevista en que está solicitando una ayuda económica: ¿es usted una persona despilfarradora o controla usted bien el dinero? La respuesta sería obvia y por tanto la pregunta sobraría, además el usuario podría sentirse juzgado, o podría pensar que tratamos de etiquetarlo como una persona despilfarradora. 

En ambos casos una mala pregunta podría poner en peligro el trabajo previo de empatía y calidez generado, por este motivo se deben cuidar las preguntas que hacemos, cómo las hacemos y valorar el momento en el que las tendríamos que hacer. A veces sondeamos porque no podemos preguntar directamente. No es lo mismo preguntar que sondear. Al sondear conversamos sobre otros temas, más o menos tangenciales al que nos interesa y de las opiniones de nuestro interlocutor vamos deduciendo la información que nos interesa obtener. Preguntar tampoco es interrogar. 

No podemos hacer durante una entrevista tantas preguntas que terminemos agobiando a nuestro interlocutor. Debemos preguntar poco y pudiendo relacionar las diferentes respuestas hasta obtener un diagnóstico de la situación. No se trata de preguntar por preguntar o por cotillear. Debemos centrarnos en el tema sobre el que queremos recibir información sin desviarnos hacia aspectos no relevantes. Tener presente en nuestra cabeza los objetivos que perseguimos nos ayudará a centrarnos en aquello que es interesante. Tradicionalmente se suele distinguir entre preguntas abiertas y cerradas. Abiertas son las que se responden con un relato. 

Las cerradas son las que se responde con un monosílabo o una sola palabra: Sí-No, Verdadero-Falso, Verde, París, etc. Para obtener mayor información debemos decir expresiones como: Explícame, cuéntame, Qué relación hay entre esto y aquello. También podemos usar: Cómo, Cuándo, Dónde, Por qué, Para qué, etc. Cuando hago preguntas cerradas al principio de una conversación no trato de que el otro me lo cuente sino que estoy interesado en adivinar, en construir yo la historia, que desde ese momento es mi historia, desde mi punto de vista, pero no estoy escuchando la que me cuenta el otro. 

Si me dicen “suena una campana” tal vez yo ya estoy imaginando una iglesia pero la campana puede sonar en un cuartel, un barco o un colegio para llamar a clase. No anticipemos acontecimientos al preguntar; los acontecimientos los descubriremos al escuchar. Así que para obtener información, preguntamos, sondeamos, interrogamos, averiguamos, captamos, deducimos, etc. Muchas son las maneras de facilitar que el otro nos aporte información relevante para hacer un diagnóstico de la situación sobre la que luego deberemos proponer intervenciones

Pero no solamente debemos saber preguntar…, no menos importante es saber escuchar. La mayoría de las personas suponemos que sabemos escuchar porque oímos normalmente y eso es fuente de confusión: oír no es lo mismo que escuchar. Oímos con los oídos y escuchamos con el cerebro. La escucha requiere atención y comprensión del mensaje. En una conversación, oír lo que me dicen y comprender el mensaje requieren conocer mis límites de comprensión y los juicios que hago de lo que capto. Para comprender preciso aceptar sin juzgar el pensamiento del otro sin interrumpirle, ni desviarle ni adelantarme a lo que escucho. 

La escucha pasiva 

Consiste en saber guardar silencio mientras la otra persona nos está comunicando sus ideas, sentimientos, etc. Es un buen instrumento para hacer que las personas hablen y yo me entere. Se suelen utilizar monosílabos para romper el silencio de vez en cuando para que la otra persona comprenda que la estamos escuchando. 

Acompañamos nuestros mensajes verbales de gestos no verbales que indican al otro que prestamos atención a lo que dice. Mostramos al otro nuestra disposición e interés por escucharle mediante expresiones como «explícame más eso» o «¿qué quieres decir?». Aunque la escucha pasiva ayuda a la persona a empezar a hablar, ninguna de esas técnicas asegura al emisor que la persona que escucha entiende realmente. Por otro lado la escucha activa consiste en resumir, sintetizar y comprender las ideas centrales, los sentimientos del otro, pero sin añadir nuestro punto de vista personal. 

El protagonista es el que habla. 

Es una técnica útil cuando nos enfrentamos a un conflicto donde se añaden factores emocionales a los racionales, porque confirmamos al que habla que hemos comprendido lo que quiso decir. Al aplicar este procedimiento, la persona que escucha lo que hace es reformular con sus propias palabras la impresión que ha recibido de lo que expresa el emisor. No se trata simplemente de sintetizar lo que se ha oído del mensaje racional sino también que se comprende el mensaje emocional que nos llega. 

Hay tres formas de utilizar la escucha activa (Ares, 2015): 

– Eco: repetición textual de lo dicho por el otro. 
– Reformulación: expresar con mis palabras lo que he captado del mensaje racional y emocional. 
– Reflejo de sentimientos: expresar solamente el sentimiento que he percibido en el otro. Preguntar y escuchar me ayuda a COMPRENDER. Dar información me ayuda a SER COMPRENDIDO. 

Procurar comprender al otro requiere consideración; procurar ser comprendido requiere coraje. Cómo dar Reconocimiento para potenciar cambios de conducta En algunas ocasiones el profesional podría utilizar el reconocimiento durante la comunicación con el usuario para aumentar su motivación y hacia la consecución de un cambio. ¿Qué significado tiene el verbo reconocer? Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE) es sinónimo de observación, identificación, comprobación, recuerdo, agradecimiento. 

Reconocer es mirar, ver, considerar, aceptar, recordar. Lo opuesto a reconocer sería rechazar. El reconocimiento que reciben las personas hace que adquieran visibilidad, se hagan notar, existan, se les tenga en cuenta. En el marco de la intervención social reconocer al usuario es cumplir con algunos de los principios éticos de la profesión, entre ellos la aceptación de cada persona con todas sus capacidades y potencialidades. 

No se trata de dar dinero o premios de cualquier índole. Se trata de hacerles saber que existen, que se les tiene en cuenta, que son importantes, que aportan valor, y que por supuesto no son un número más de expediente. Las personas necesitamos que nos saluden (“buenos días”), nos respeten (“por favor”) y nos agradezcan (“gracias”). 

Reconocer al otro significa (Ares, 2015): 

Escuchar con atención lo que la persona expresa. No sólo oir, sino comprender qué es lo que piensa y siente, tanto si estamos de acuerdo como si no lo estamos y hacerle saber que lo hemos comprendido. Eso no quiere decir que estemos de acuerdo, sólo que sabemos lo que expresa. 

Facilitar que aprenda: protegiéndole para que no asuma riesgos innecesarios, potenciando que pueda experimentar y permitiendo que adquiera responsabilidad y autocontrol de las tareas que realiza. 

Mostrarse disponible para explicar lo que hay que hacer y aceptar las aportaciones del interlocutor sobre cómo hacer las actividades. 

Respetar el tiempo de los demás, sus necesidades y deseos. Singularizar a cada persona. Nuestras necesidades y deseos son diferentes. Cada persona es diferente y única. Debemos reconocer en el otro sus necesidades, peculiaridades, capacidades y potencial. Algunos prejuicios dificultan el que demos reconocimiento: nos falta costumbre (“no me sale con naturalidad”), tememos ser malinterpretados (“me van a pedir algo a cambio”), consideramos que no sirve para nada (“lo único que tiene valor es el dinero”) o que es lo contratado y se le paga por ello (“hacerlo bien es su obligación”). 

El reconocimiento es una forma de elevar la autoestima, y afecta directamente a nuestra conducta. Basamos nuestra valía en las experiencias que hemos ido acumulando a lo largo de toda nuestra vida. La realidad nos ha ido informando sobre nuestros éxitos y fracaso, nuestras habilidades y torpezas, nuestras dificultades y facilidades. 

Aceptar toda esta información a veces puede resultar complicado, pues todos estos datos acumulados puede distorsionarse con nuestras propias apreciaciones o con las de los demás. Lo que hemos comprobado por nosotros mismos sobre nuestro buen o mal hacer y lo que nos han alabado o reprochado otras personas sobre nuestras capacidades técnicas o de relación han ido configurando nuestra autoevaluación, tanto en positivo como en negativo. 

Además, la imagen que tenemos de nosotros mismos no permanece estable. Depende del éxito o fracaso ante cada acontecimiento cotidiano. ¿Me sigo considerando buen vendedor el día que no consigo una venta? ¿Cada vez que pierdo una venta siento que soy un mal profesional? ¿La percepción de nuestra autoestima disminuye o aumenta con facilidad, al hilo de los éxitos y fracasos? Debemos considerar la importancia de tener una sana o buena autoestima. No se trata de que sea alta, y menos “desmadrada”, sino positiva y realista. 

No necesito ser perfecto, sólo ser capaz de hacer lo que hago muy bien; asumo mis errores y limitaciones; no sirvo para todo de igual modo; me siento bien a pesar de ello. Se trata de aceptarnos más que de considerarnos “perfectos”. Aceptarnos como somos y creer en nuestra capacidad de aprendizaje y adaptación nos ayudará a entender que la realidad que vivimos se construye día a día, y que ésta depende de nosotros mismos, no de los demás. Eso nos hará responsabilizarnos de nuestros cambios y elegir otros nuevos caminos, si los que hemos tomados no han sido del todo buenos. 

Las personas con baja autoestima adoptan una actitud excesivamente quejumbrosa, crítica, insegura, triste, perfeccionista, agresiva o derrotista. Suelen tener una necesidad exagerada de aprobación, de llamar la atención, de ganar. Se muestran poco sociables y con temor excesivo a equivocarse. 

Las personas con sana autoestima muestran confianza en sí mismos, autocontrol de sus impulsos, flexibilidad, autonomía, responsabilidad, iniciativa y creatividad. Conocen sus habilidades y carencias, se esfuerzan y se comprometen. La autoestima se apoya en la conciencia del propio valor, la percepción de la propia capacidad y la confianza en sí mismo. Todos estos elementos se deben trabajar durante la intervención social, si queremos empoderar a la persona a partir de un cambio. 

Pero no debemos sobrevalorar las capacidades del usuario para así aumentar su reconocimiento y elevar su autoestima. Tendremos que ser coherentes con nuestros comentarios, que deberían ajustarse a la realidad del caso. Lo interesante es que una sana autoestima favorece los éxitos y ayuda a soportar los fracasos. No atribuye el éxito a la suerte ni el fracaso a la mala suerte. Aceptar retos y alcanzar metas dependen de factores controlables desde la propia responsabilidad. 

Se deben a sus capacidades y al esfuerzo realizado para planificar y realizar el trabajo que le lleva a alcanzar las metas propuestas. El reconocimiento afecta a la autoestima. Reconocer a una persona es tenerle en cuenta, considerarla visible y audible, aceptar su derecho a “ser” y “estar”, no sólo a “hacer”. No se trata, inicialmente, de valorar su conducta sino de constatar y aceptar su presencia. 

Cuando una persona es reconocida de manera adecuada aumenta su autoestima porque se siente aceptada como persona. Sabe que puede opinar, contribuir, aportar, cuestionar, resolver. Conoce dónde aporta valor a los procesos de productividad personal o familiar, el lugar que ocupa, y la importancia que tiene para los demás. El cambio de conducta que se requiere en la actualidad no consiste tanto en la corrección puntual de errores, sino en planificar la mejora permanente de todos y cada uno, no sólo corrigiendo sus acciones disfuncionales e inadecuadas sino, sobre todo, desarrollando sus capacidades, estando abiertos a cambiar lo que funciona, introduciendo innovación, asumiendo riesgos y explorando oportunidades. 

Decirle a otro que lo hace mal servirá como desahogo propio o sofoco ajeno pero poco ayudará a la mejora de su conducta. Lo importante no es decirle a otro qué hace mal sino cómo hacerlo bien y con qué ideas, medios, tiempo, etc. cuenta para lograr su objetivo. Desde el punto de vista motivacional, conseguimos influir adecuadamente en otro cuando constatamos que: – mejora la relación entre el que realiza la conducta y el que la supervisa. – mejora la realización de la tarea a través de las indicaciones que se incorporan y a través de los aprendizajes que se van adquiriendo al realizarla. 

Lo correcto en las indicaciones que pretenden cambio de conducta ajena sería la abundancia de reconocimiento concreto y positivo de lo que la persona “hace” y el uso discreto de crítica sobre lo que se hace mal siempre que se indiquen caminos de corrección y que se perciban las posibilidades de cambio y mejora posible en la persona implicada y con el tiempo, capacidad y recursos de que disponga. La ausencia de Reconocimiento es el peor Reconocimiento. Enviamos un mensaje de descalificación; le manifestamos al otro que no existe, que es transparente, que pasa desapercibido, que no cuenta. 

El reconocimiento debe ser concreto, claro, directo, verdadero, honesto. Dado sobre las conductas que se observan más que sobre las que se intuyen. Cercano en el tiempo a la acción que se considera. Facilitando la aportación de conocimientos y opiniones sobre el modo de hacer la tarea. Debemos confiar en las capacidades de las personas para aprender a través de la puesta en práctica de las ideas. Trabajamos con las cualidades no con los defectos de cada uno. Es importante señalar que el reconocimiento se realiza sin promesas de recompensas de ningún tipo. 

Canalización emocional: emociones auténticas y distorsionadas 

La conciencia emocional nos informa de lo que sentimos y de los vínculos que se establecen entre nuestros pensamientos, sentimientos, lenguaje y acciones, los cuatro componentes de la conducta. En las acciones manifestamos nuestros estados emocionales; por tanto, las emociones afectan a los resultados y consecuencias que provocamos con nuestra conducta. 

El reto de aprender a sentir de manera más saludable nos abre muchas posibilidades de desarrollo vital ya que nos permite relacionarnos “de otra manera”: más placentera, con menos costes para la relación, más eficaz para conseguir nuestros objetivos. Las emociones auténticas son las emociones básicas. Entendemos como distorsionadas algunas reacciones emocionales que se aprenden en las relaciones sociales infantiles y que no expresan, de manera genuina, nuestras necesidades biológicas. 

Al hacer esta distinción entre emociones auténticas y distorsionadas no pretendemos introducir una visión moral para separar lo bueno de lo malo sino sólo hacer descripciones de fenómenos que observamos y que nos pueden facilitar nuestros cambios de conducta. Respetando las observaciones sobre el nivel de conocimiento actual sobre la materia, nos arriesgamos a explicar las emociones con genuina intención pedagógica: comprender nuestra capacidad instintiva para sobrevivir, desarrollarnos y relacionarnos. 

No todos los autores están de acuerdo en lo que nosotros designamos como emociones. Algunas consideradas tales faltan (asco, sorpresa, etc.) y alguna sobra (amor). No pretendemos entrar en precisiones propias de investigadores expertos en la materia. 

Las emociones auténticas se caracterizan por ser (Ares, 2015): 

– Breves: se manifiestan ante situaciones concretas; cuando cambia la situación, cambia la emoción. 
– Intensas: aparecen con fuerza y se van debilitando. 
– Adecuadas: las esperamos como sentimiento normal ante la situación que se presenta. 
– Con aceptación social: las demás personas suelen entender ese estado de ánimo y ayudan a su canalización. 

Al hablar de emociones auténticas abrimos, por contraposición, la posibilidad de hablar de las que no lo son. A éstas les llamamos distorsionadas o sustitutivas. Se producen como reacciones aprendidas socialmente que no son adecuadas por su naturaleza, intensidad y duración a la respuesta que requiere la situación vivida y por la que se paga un coste emocional, corporal o social excesivamente elevado. Sustituyen a las auténticas que deberían aparecer. 

Las emociones distorsionadas: 

– Sustituyen a las emociones auténticas que tenemos dificultad para sentir o expresar. 
– Reprimen la manifestación genuina de esa emoción en particular y la trasladan a otro canal emocional. 
– Se prolongan en el tiempo como emoción crónica. 
– No corresponden a la demanda de la situación. 
– La persona no se responsabiliza por lo que piensa, siente o hace; considera que está obligado a sentir así en función de su pensamiento y que no existen otras posibilidades de expresión de su sentir. 

Ejemplos de emociones distorsionadas pueden ser: culpa, resentimiento, ansiedad, agitación, envidia… Contar chistes en un entierro, reírse cuando una persona tropieza y se cae, pegar puñetazos a una puerta, bloquearse antes de realizar una presentación en público, deprimirse por no lograr los resultados esperados, aislarse de otros por miedo a meter la pata, y otras muchas situaciones cotidianas, nos muestran como normales, por usuales, reacciones emocionales que no indican el mejor grado emocional en sus autores. 

Seguir enfadado por la bronca con mi jefe de hace meses, triste por la muerte de mi perro años después de su fallecimiento, entusiasmado con la promesa de promoción para el año próximo, enamorado de la mujer que me ha rechazado varias veces, asustado por el rumor de que la empresa no va bien, etc. Son ejemplos de este tipo de reacción emocional inadecuada. A pesar de los ejemplos expuestos, reconocemos que distinguir la reacción emocional adecuada de la inadecuada es un tema bastante complicado y en el que es difícil encontrar acuerdo unánime. 

Sin embargo, hacemos esta propuesta de distinción porque creemos que funcional y éticamente es bueno educar la emoción. Parece mejor apiadarse del otro que reírse de él cuando tropieza y se cae. Las emociones auténticas son universales y “van asociadas a diferentes tendencias de acción, probablemente no aprendidas, destinadas a hacer frente al suceso desencadenante de la emoción” (Aguado, 2010: 39). 

Su expresión suele ser intensa, breve, relacionada con el contexto en el que se reacciona y cercana en el tiempo al hecho que la origina. Llorar en un entierro, asustarse al caerse por una escalera, enfadarse con alguien que nos acaba de ofender al no respetar el turno que le correspondía, alegrarse cuando me cuentan un chiste gracioso, abrazar a un compañero que hacía tiempo que no coincidíamos, son ejemplos de expresiones emocionales auténticas. 

Las emociones que acabamos de exponer son las que nos permiten: 

– Sobrevivir: atacando con fuerza, huyendo con rapidez, inmovilizándose, pasando desapercibido. – Desarrollarnos: jugando, divirtiéndonos, practicando. 
– Relacionarnos: reproduciéndonos para mantener la especie, colaborando con otros para protegernos. 

Nuestro cerebro aprendió en nuestros antepasados y está preparado para reaccionar ante crisis agudas e imprevistas y reaccionar de manera intensa, breve y rápida. La nueva selva, la del asfalto, nos pide estar reaccionando de manera permanente y sosegada, para lo cual nuestro sistema límbico no está muy preparado. Cuando mi jefe me regaña me pueden entrar ganas de atacar o de huir pero debo aguantarme calladito y quietecito. Claro, luego el sistema neurovegetativo me pasa la correspondiente factura a esta incongruencia entre mi sentir y mi actuación y se lo cobra en dolor de cabeza o de espalda, tensión arterial, ardor de estómago, etc. 

Distorsionamos nuestras emociones auténticas con la esperanza de adaptarnos a las situaciones que se nos presentan. Aprendimos en nuestra infancia a reaccionar, básicamente por amor o miedo, tomando decisiones prematuras, y grabando en nosotros la costumbre de reaccionar como creíamos que era lo mejor, lo más adecuado, lo posible en esas circunstancias. 

Nuestra intención era saludable: queríamos sobrevivir, desarrollarnos, protegernos, pero esas reacciones que nos sirvieron en un momento dado puede que en el presente nos estén dificultando la expresión de lo que realmente sentimos y tenemos derecho a expresar de manera adecuada. No hemos aprendido todavía la inteligencia emocional suficiente para afrontar las nuevas situaciones. Vamos a exponer cómo satisfacer, en nuestra realidad actual, esas necesidades básicas de expresión, nuestras emociones: 

– de supervivencia: rabia para atacar, miedo para escapar, tristeza para adaptarnos. 
– de desarrollo: Alegría para aprender y disfrutar. 
– de relación: Amor (afecto) para colaborar con otros y ser amables (dignos de amor). 

Sin necesidad de distorsionar o reprimir nuestros sentimientos auténticos como tributo a nuestros primeros aprendizajes, que limitaron nuestras opciones a una costumbre adquirida. Ahora, en el momento presente, podemos permitirnos nuevas opciones de conducta con las que expresemos nuestras emociones de manera más auténtica y satisfactoria. Si canalizamos de manera adecuada nuestras emociones conseguiremos mayor confort para nosotros mismos y relaciones más auténticas y satisfactorias. Durante la intervención social y en la relación interpersonal que se establece entre usuario y profesional todos estos aspectos emocionales estarán influyendo en el proceso de comunicación, que se produce durante las entrevistas y los procesos de mediación, para la resolución de conflictos y problemas. 

Bibliografía 

AGUADO, L. (2010). Emoción, afecto y motivación. Madrid: Alianza editorial. 
ARES PARRA, A. (2013). Importancia del Reconocimiento para fomentar el buen desempeño laboral. Revista de Análisis Transaccional y Psicología Humanista 69, 192-202. 
ARES PARRA, A. (2015). Las emociones en el ámbito laboral. Estrategias para la promoción de comportamientos saludables. En R. De Diego (Coord.), Empleo, personas y organizaciones. Cambios y transformaciones (pp.133-140). Madrid: Pirámide. 
ARIÑO, M. (2008). La entrevista en Trabajo Social. En C. Guinot (Coord.), Métodos, Técnicas y documentos utilizados en Trabajo Social (pp. 69-76). Bilbao: Deusto Publicaciones. 
BUENO, J.R. (2005). El proceso de ayuda en la intervención psicosocial. Madrid: Editorial Popular. 
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POPE, B. (1979). The mental health interview: research and application. New York: Pergamon. 
ROGERS, K. (1972). Terapia centrada en el cliente. Buenos Aires: Paidós.

Pensamiento vinculante como estrategia para fortalecer la identidad del trabajo social

La identidad ha sido un tema fuerte de preocupación en cada una de las culturas, máxime en un mundo globalizado donde las migraciones son frecuentes y se socializan con toda facilidad prácticas culturales de todo el globo; la educación se ha presentado como ente socializador protector de las costumbres de cada sociedad. ¿Es posible hablar de la identidad en Trabajo Social?

La identidad, como lo explica el profesor de la Universidad de Mérida, Aliro Pérez Lo Presti: “es el conjunto de elementos culturales que nos hace diferentes. Esta diferencia no sólo abarca el ámbito de lo social, sino que la identidad condiciona la existencia de aspectos de carácter personal entre los miembros de un grupo” (2006). Al ver la película "El Profesor Lazhar" donde se muestra aspectos de la educación en Canadá ¿es posible que el estudiante de Canadá mantenga ese conjunto de elementos cuando deben hablar inglés y francés con la guía de un docente argelino? ¿realmente quiénes son los canadienses? La respuesta es contundente: son los terceros en el informe de las pruebas PISA y tienen un sistema de educación elogiado alrededor del mundo. 

A todas luces, Canadá no evidencia ni adolece un problema de identidad a pesar del alto número de refugiados y de personas que van a “probar suerte” en su territorio, porque como lo explica Pérez citando a Sant-Roz “La verdadera independencia consiste en buscar nuestros propios medios de producción, de defensa, de dirigir la educación, la cultura y nuestro bienestar social” (2006), la dirección de sus recursos es la construcción de su método propio y no de la importación de estériles modelos mal implementados como sucede en Colombia. ¿Podríamos entonces hablar de la identidad en la educación para ser trabajador social: una disciplina o ciencia (como se quiera ver) que abraza todas las Ciencias Sociales?

¿Qué identidad tiene el trabajo social en Colombia? 

Los elementos culturales que saltan a la vista que hacen diferente al colombiano en relación a la ayuda mutua y alcanzar el tan anhelado Estado de Bienestar, cuando existen elementos como el asistencialismo y el sobre-diagnóstico de poblaciones que adolece la mayoría de instituciones bien sean públicas o privadas. ¿Qué identidad tiene el estudiante en trabajo social? ¿Los referentes deben ser los profesionales que realizan mil tareas alejadas de su qué hacer profesional? Quizá se puede pensar en un ambiente de formación de identidad crítica y moral aislado de la realidad que nos atañe.

La Universidad debe ofrecer un escenario “de formación y socialización, es aquella que trata de responder a la pregunta por el tipo de relaciones que configuran un espacio propicio para la interacción, la negociación y la objetivación de nuevos contenidos y sentidos sobre los cuales significar la identidad individual y colectiva de los actores implicados en el proceso de formación” (Echavarría, 2003:5) y en la formación en Trabajo Social sería por lo tanto ir más allá del recital de la práctica utilitarista del aparato y sería interiorizar sobre los aspectos de moral y de función social de las políticas públicas. Edgar Morín nos ilustra sobre siete principios para un pensamiento vinculante que pueden ser útiles para llegar a este punto:

1. El principio sistémico u organizativo: 

Comprender cómo se organiza el conjunto de elementos que convergen en el trabajo social es necesario pero aún más la comprensión de cómo los problemas sociales intervienen en éste, cómo se articula de un sistema macro (nación) y micro (individuo) dentro de todos esos sistemas que están en el medio (enfoque sistémico), con las mutaciones que tiene esa relación con los nuevos sucesos políticos, económicos y sociales; por lo tanto la Universidad debe educar para la vinculación de los sujetos a las redes de sentidos sociales y los ayudarles a implicarse en la construcción de nuevos alternativas de solución como lo refiere Echavarría (2003) a partir de su sentir valorativo y formas de pensar.

2. Principio Holográmico: 

La Universidad, cumple con este principio para el pensamiento vinculante frente a la identidad del trabajo social, puesto que está la formación de personas que viven y sienten en carne propia la aplicación de políticas sociales y de normas que a veces quedan muy ajustadas a las necesidades reales. Por lo tanto, los estudiantes tienen herramientas para construir un escenario donde se de “la producción y el intercambio de formas de pensar, sentir y habitar el mundo; en ella se constituye un universo de culturas e identidades que exigen la configuración de espacios que acerquen las diferencias y que excluyan aquellas certezas absolutas” (Echavarría, 2003:6)

3. El principio del Bucle retroactivo o retroalimentación: 

Si estamos inmersos dentro del sistema que pretendemos investigar, observar y analizar para dar soluciones prácticas desde el trabajo social, es claro que en cada una de esas tres tareas nos veremos inmersos en reacciones inflacionarias o estabilizadoras, la construcción de identidad del profesional en trabajo social debe buscar aquellos significados de su existencia, revisados en su misma historia y cada una de esas reacciones hacia la configuración de una forma particular de habitar, sentir, vivir y pensar el mundo social (como refiere Echavarría, se construye la identidad. 2003:8).

4. El principio de bucle recursivo: 

Somos producto y somos productores, una doble vía que traduce el sentido de la educación, “esta doble connotación educativa la escuela se responsabiliza y responsabiliza a sus educandos moral, ética y políticamente en la transformación de las relaciones sociales para vivir en una sociedad digna, justa, incluyente y democrática” (Echavarría, 2003:12) una responsabilidad social que debe estar orientada en términos de moral y justicia.

5. El principio de autonomía / dependencia: 

Es dotar al estudiante de herramientas para lograr una postura crítica frente a su realidad y darle la libertad de crear con lo que implica los errores protegiéndolo de la frustración y de los aciertos, alejándose de la vanagloria que lleva al conformismo. Si bien los sentimientos e interpretación son diferentes y autónomos, si debe plantearse un molde ético y moral que responda a la crisis que tiene el Trabajo Social en Colombia, uno que permita la visión holística de los problemas sociales para recuperar la confianza de la sociedad para aclarar la discusión de ser ciencia social o ciencia de la salud y enfocarnos categóricamente en que somos social.

6. El principio Dialógico: 

Colombia es un cultivo social de problemas supremamente complejos, de políticas ineficientes que son exitosas en el resto del mundo; ésto no debe verse como un obstáculo para el investigador o para el estudiante sino sirve como terreno para perfeccionar la construcción de conocimiento. El trabajo social debe mostrarse como pionero de procesos sobre víctimas y reconciliación en un país donde el caos y el desorden público ha imperado desde hace 6 décadas. Lo expresa Echavarría de la siguiente manera: “la comprensión del sí mismo en relación con los retos que enuncia el entorno, desagregada en múltiples posibilidades de lectura e intervención, cuando ésta se muestra contradictoria con el actuar cotidiano; es un acto mental que pondera y discrimina lo bueno de lo malo, ubica lo problemático y lo contradictorio en la interacción y proyecta las diversas formas de negociación” (2003:19-20)

7. El Principio de Reintroducción del que conoce en todo conocimiento: 

Es como se configuraría una cabeza bien puesta, el estudiante de trabajo social debe primero tener la capacidad de organizar todas las Ciencias Sociales en las que se va formando, antes de organizar el plano social. No es posible comprender el actuar político si no se comprende el proceso histórico de conquista, colonia y república; no es posible comprender el ordenamiento jurídico si no se analiza desde la construcción de conocimiento, etc. Generar nuevo conocimiento y alternativas de solución implica validar desde la tesis y contradecir desde la anti-tesis, saber el por qué sí y el por qué no.

El trabajo social vive la necesidad de reformar mentes para reformar instituciones, en su papel dentro de las diferentes escenarios; pero de esta necesidad como lo refiere Edgar Morín, puede desencadenar en un bloqueo (2001:104) el cual se da por no saber si se debe primero reformar la educación (en este caso del Trabajo Social) o reformar la sociedad, ésta como proveedora de recursos de la escuela. 

Es por ello que este ensayo, propone que se parta de una identidad que proteja las universidades que ofrecen formación en Trabajo Social, de la misma manera en que Canadá logra escalar en uno de los sistemas educativos más prestigiosos del mundo con una mirada universal y holística sin poner en duda su identidad porque son ellos mismos quienes planean y proponen sus alternativas de solución, la propuesta del Pensamiento Vinculante es una alternativa para no tener sólo la mente bien ordenada sino también el corazón.


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Bibliografía 


Echavarría Grajales, Carlos Valerio. (2003). La escuela: un escenario de formación y socialización para la construcción de identidad moral. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud , 1(2), 15-43. En línea Agosto 31, 2017, de http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1692-715X2003000200006&lng=en&tlng=es.

MORIN, EDGAR. 2001. La mente bien ordenada. Repensar la Reforma. Reformar el Pensamiento, Barcelona: Editorial Seix Barral, S.A, Segunda Edición. Págs. 1 – 136.

Pérez Lo Presti, Aliro. (2006). Identidad y educación: dilema de la contemporaneidad. Educere, 10(34), 421-425. En línea 31 agosto 2017, de http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1316-49102006000300004&lng=es&tlng=es.

Profesor Lazhar. (2011). [DVD] Canadá: Phillipe Falardeau.

Reflexión sobre la megaminería en las zonas periféricas de Colombia

El análisis de los problemas sociales con el rigor que merece la formación en trabajo social, resulta imperativo distanciar la “opinionología” ya desgastada y entrar en el universo epistemológico entendiendo las diferentes modalidades de construcción del conocimiento en un país pluriétnico y multicultural; este ensayo pretende un abordaje de la situación de las comunidades que habitan en la periferia Colombiana olvidada históricamente por los gobiernos que han encabezado el Estado.

Las representaciones sociales tomadas como ese conjunto de relaciones sobre un objeto particular hacia una posición social y/o ambiental como lo expone Rouquette (traducido por Navarro, 2011) permite dilucidar los elementos en los que convergen en el espacio estructural de poder actual: hibridez cultural, polarización socioeconómica predominantes en América Latina (García, 2003) puntualmente en el departamento del Chocó.

Las recientes manifestaciones democráticas en las consultas realizadas a las poblaciones donde empresas multinacionales han pretendido realizar actividades de minería y de exploración sísmica han puesto en la opinión pública la discusión sobre la disyuntiva entre desarrollo económico y protección de los recursos naturales limitados con los que cuenta el país en medio de esa polarización socioeconómica antes referida por García. 

Pero la discusión sin duda puede abordarse, aunque sin necesidad iniciar el debate sobre la legalidad/ilegalidad de la actividad o de la oportunidad laboral que éstas poblaciones pierden, sino también de las consecuencias medioambientales y sociales que la mala práctica de estas actividades han llevado a las poblaciones a oponerse a ello. No se trata de un tema de regulación eficaz sino de cómo los elementos de objeto, población y contexto convergen para modificar la representación social (Navarro, 2011) sobre esta actividad en sus territorios.

En el trabajo cinematográfico “Chocó” (Antorcha Films, 2012) se evidencia cómo la minería a gran escala puede generar estragos en la población, no sólo en el uso nefasto del mercurio que desencadena malformaciones genéticas y contaminación del agua sino también de la explotación laboral a la que es sometida la población por no contar con los mínimos de garantía para llevar a cabo las tareas de exploración. Pero es importante entender los “espacios estructurales, entre los cuales se encuentran los siguientes: el espacio de la ciudadanía, el de la producción, el comunitario, el doméstico, el del mercado y el global”. (García, 2003:24)

Si entendemos el espacio doméstico, en la historia relatada observamos cómo la violencia intrafamiliar, el irrespeto y la justicia a mano propia se configura como un concepto que construye como lo indica Rouquette “factores individuales; después están las actitudes, más generales y menos cambiantes, que inspiran familias de opiniones” pasando a “las representaciones sociales que organizan varias actitudes dentro de un mismo conjunto referente a un objeto” para alcanzar un nivel ideológico cultural (Navarro, 2011). Esta transición se entiende cuando Chocó (la protagonista) permite la violencia sexual (con su pareja) y laboral (con quienes ejercen la minería a gran escala) para pasar a resolver el pago de una torta con un favor sexual (como representación económica a parte del dinero), materializándose socialmente en el momento que le hace reclamo a su esposo por tomar el dinero del hogar y es golpeada por él en frente de la comunidad, sin que nadie reaccione, normalizando el comportamiento.

Estas representaciones que se construyen al interior de las familias trasciende obligatoriamente a sistemas más amplios; el objeto particular, en este caso, sus derechos y el límite de lo que es “legal” o “prohibido” en su sistema familiar llega a permear el sistema comunitario y de esta manera produce una desestimación por parte del Estado cuando centra su preocupación en el marco jurídico solamente, como lo puntualiza García (2003:41) más bien en “una estrategia deliberada de quienes lo crean o como resultado de la incapacidad de las autoridades públicas para aplicarlo, tiende en la práctica a tener una eficacia simbólica fuerte y una eficacia instrumental débil” por lo que quizá la tarea se está haciendo al contrario; no se trata de legislación con eficacia instrumental débil sino de fortalecer la manera en que se comprende el derecho en el seno de las familias.

Guadamarra nos invita a ver el objeto de investigación “no sólo en cuanto a su origen y evolución histórica, sino en relación a los procesos epistemológicos, de su dirección, su impacto, sus peligros, su trascendencia, etc.” (2005:4), para evitar esta ineficacia o eficacia débil debe entenderse a la familia como ese sujeto que construye representaciones sobre objetos y que sea ella quien transforme en sus comunidades el constructo colectivo frente a estas prácticas de explotación, no sólo de las multinacionales sino de todos aquellos que se instalan allí pretendiendo sacar provecho de las condiciones de vulnerabilidad de éstas poblaciones.

Quizá el pecado del investigador social sea la posición en extremo de no incidir en las prácticas culturales de las poblaciones a las que estudia, pretendiendo proteger su identidad histórica y conservando sus costumbres; en el ámbito del derecho se requiere ser más incisivo ya que solamente las comunidades indígenas cuentan con su jurisdicción especial y se ha demostrado que en temas por ejemplo de afrocolombianidad, ha servido en la mayoría de casos para que sólo algunos representantes obtengan beneficios personales; apoyada por el desinterés político de la población pero con la aprobación por algunas incipientes medidas populares, por ejemplo el municipio de Buenaventura, el cual cuenta con carencias importantes de salud, educación e infraestructura destinó 4.780 millones para la ejecución del Festival Folclórico del Pacífico, en lo que se entiende que para esta población la representación social frente al gobierno local es su eficacia para la celebración de eventos culturales y no de la cobertura de necesidades básicas.

En conclusión, los esfuerzos investigativos sobre esta construcción epistemológica de las comunidades a través de las representaciones sociales deben orientarse hacia la manera de desarrollar herramientas pedagógicas que permitan a los individuos y a las familias a redefinir la idea de Derecho como lo refiere Bodenheimer (1997): “es la realización de la justicia. La justicia postula que todos los esfuerzos jurídicos se dirijan a la finalidad de lograr la armonía más perfecta de la vida social que sea posible conseguir dentro de las condiciones de lugar y tiempo.“ (9)


BIBLIOGRAFíA

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Bodenheimer, E. (2012). Teoría del derecho. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Chocó. (2012). [película] Colombia: Jhonny Hendrix.

García Villegas, M. y Rodríguez Garavito, C. (2003). Derecho y sociedad en América Latina. Bogotá: ILSA.

Guadarrama, P. (2005). Fundamentos Filosóficos y epistemológicos de la investigación. [PDF] Santiago de Chile, Chile. Disponible en: http://www.archivochile.com/Ideas_Autores/guadarramapg/guadarramapg00012.pdf [Acceso 14 Ago. 2017].

Navarro, O. (2011). ¿Qué hay de las Representaciones Sociales?. Revista de Psicología Universidad de Antioquia, 3(1).

Rol profesional social como ente educador


Una reflexión que parte del artículo Conflicto educativo y cultura política en Colombia de los investigadores de la Universidad Pedagógica Nacional: Martha Herrera, Alexis Pinilla y Raúl Infante contrastándolo con la actualidad de garantía de derechos de los niños, niñas y adolescentes en Colombia.

Para sanear en cierta medida a la cultura que oriente el goce de derechos no sólo de los niños sino de todo ciudadano se debe entender como “una tarea de largo aliento que depende, en gran medida, de la educación y tardará las mismas generaciones, o tal vez más, de las que necesitó la violencia para convertirse en nuestro principal referente de regulación social.” (Herrera, Pinilla e Infante, 2001:48).

Si entendemos que la violencia no es un asunto solo de una agresión física sino que en ella se contiene la simbólica o la psicológica que emerge dentro de las familias ante la resolución inadecuada de algún conflicto, lo que desencadena situación de vulnerabilidad a los NNA tales como el abandono, el maltrato físico y/o por negligencia o el uso de sustancias psicoactivas por parte de adolescentes entre otros fenómenos podemos ver que una situación de riesgo puede tener raíz sobre una acción violenta.

¿Dónde y con quién?

Lo importante de la educación no entendiéndola como oferta exclusiva de las instituciones educativas (que hacen parte del SNBF) sino del ejercicio constante en diferentes escenarios sociales como la comunidad, el barrio, la iglesia o los grupos de interacción y referencia podemos comprender que no sólo se trata de transmitir conocimientos sino que “tiene un papel destacado en la medida en que a través de ella buena parte de la población colombiana es socializada e interioriza normas, valores y pautas de acción […] elementos relacionados con la estructuración del orden social y con la conformación de culturas políticas." (Herrera, Pinilla e Infante, 2001:43) lo que quiere decir que el NNA que se encuentra en una familia fortalece por medio de la educación su papel ante la ley.

Si algo ha caracterizado al colombiano es el constante individualismo en el que se persigue su propio beneficio por encima de los intereses de terceros; la solidaridad y la cooperación son valores que no encuentran refuerzo en la cultura debido a que el país vive en una dicotomía permanente, “oscila permanentemente entre dos tendencias: por una parte la democratización de la sociedad y la consolidación de una cultura de la tolerancia; por otra, la fragmentación de los intereses, el rechazo de toda forma de regulación institucional y la violencia.” (Herrera, Pinilla e Infante citando a Pácaut, 2001:43), por lo tanto ese carácter individualista no sólo afecta al interés colectivo sino a la manera en que se perciben las instituciones.

Educación en Derechos

Existe por lo tanto a partir de ello en un sector de la sociedad un rechazo por la intervención de las instituciones del Estado en cabeza del ICBF para la garantía de derechos al concebir esa acción como un castigo o entender la medida de protección como sancionatoria a los cuidadores de los NNA y no como una oportunidad de asumir un proceso en el que la familia debe ser vinculada con propósitos pedagógicos.

No todo conflicto conducirá a acciones violentas, incluso muchas veces el conflicto es la oportunidad para disertar y confrontar dinámicas al interior de la familia que se consideraban “correctas” para pasar a evaluarlas o modificarlas, “en síntesis, el conflicto indica una incompatibilidad de pretensiones entre dos o más actores.”(Herrera, Pinilla e Infante, 2001:44) y no necesariamente un problema irremediable.

Cuando las familias acuden a los servicios del Estado frente a la protección de los derechos de los NNA generalmente llegan con la idea negativa de lo que es el conflicto: un elemento perturbador, malicioso y que afecta la dinámica familiar y acuden a profesionales en búsqueda de eliminarlo o que por medio de un proceso puedan controlarlo. Esta idea de conflicto negativo lo desarrolla Uprimny citado por Herrera, Pinilla e Infante (2001) y también desarrollan el aspecto positivo, que en términos del problema social analizado debe abordarse por parte de los profesionales que atienden a las familias, esto es, en la consideración que el conflicto es movilizador, dinamizador que fortalece la estructura interna.

Partiendo entonces del principio que los NNA tienen derecho a una familia y no ser separado de ella, los Procesos Administrativos de Restablecimiento de Derechos deben partir de ese conflicto que existe en las familias en un abordaje psicosocial para abordarlo como indica Fisas citado por Herrera, Pinilla e Infante (2001)“concienciar [sic] y capacitar a las personas que están implicadas en la búsqueda de salidas, a través del reforzamiento de su confianza y en la practica del dialogo” (pp. 46).

Con toda claridad, esto también del papel y del compromiso que asuman las familias para la participación de los espacios educativos que se entablan con ese fin. En ese aspecto la Constitución de 1991 entregó herramientas de comprensión y resolución de conflictos en el marco del Estado Social de Derecho para una sociedad que históricamente se ha desarrollado en medio de la violencia con todas sus transformaciones a nivel nacional, permeando a nivel familiar y también encontrando en ella cabida para la resolución violenta de conflictos dentro de sus miembros.

Para el profesional que desea incursionar en esta resolución pacífica de conflictos en el entorno familiar deberá además entender el abordaje de los diferentes escenarios tanto en ámbitos conciliatorios, como de amigable composición con un tercero facultado el arreglo directo, en donde los actores dirimen directamente (Cámara de Comercio de Bogotá citado por Herrera, Pinilla e Infante, 2001:47)

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REFERENCIAS

El artículo referenciado, fue realizado por los investigadores de la Universidad Pedagógica Nacional: Martha Cecilia Herrera (Doctora en Filosofía e Historia de la Educación), Alexis Pinilla Díaz (Magíster en Historia de la Educación) y Raúl Infante Acevedo (Licenciado en Ciencias Sociales con estudios de Maestría en Educación Comunitaria)

Herrera, M., Pinilla Díaz, A. e Infante Acevedo, R. (2001). Conflicto Educativo y cultura política en Colombia. Nómadas, [en línea] (15), pp.40-49. Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=105117927004 [Visitado 1 Mayo 2017].

La educación empática para sanear la moral

Basado en el artículo de Nelson Molina Ramírez (Economista, Abogado, Magíster en Estudios Políticos, Magíster en Educación, Desarrollo humano y Valores, Candidato a Doctor en Bioética) nos amplía la idea de la moral, preguntándose si es innata o adquirida. Partimos de allí para esta interpretación.

Para la comprensión de la moral que emerge en las familias es necesario dar una mirada hacia dónde parte ese concepto, cómo se construye y si se trata de un asunto innato o construido mediante la cultura y el entorno. El doctor Molina ofrece unas posturas que serán contrastadas con la pregunta de investigación.

Moral, ética, la ley y el entorno familiar

En la relación que existe en Colombia entre Moral, ética y Derecho debemos entender que la moral es una manifestación de la autonomía (Molina, 2013:92) y que se presenta como una convicción profunda entregada por la Constitución y la ley que garantiza la toma abierta de decisiones siempre y cuando estén enmarcadas en la Convivencia y en el no quebrantamiento de la norma jurídica.

Pero además de las normas jurídicas existen normas morales que son entendidas de manera diferente a la moral pues como lo define Molina “La moral es derecho natural, mientras que las normas morales son positivas”. (Molina, 2013:92); si bien las normas están dadas por la cultura y por el ambiente social, la moral se entiende como inherente al ser humano lo que lleva a determinar un comportamiento concebido como bueno o malo desde el nacimiento.

Por lo tanto aterrizamos en el plano de las normas morales que orientan al cuidado de los niños, niñas y adolescentes en el seno familiar y cómo las relaciones que se dan entre sus miembros las acatan y las interiorizan a la luz de la moral originaria; la ley 1098 de 2006 y las políticas públicas se orientan bajo principios fundamentales que no admiten contradicción o prevalencia de otros derechos que ostentan los adultos. Por lo tanto este cuadro normativo moral son necesarias en “La sociedad humana para que viva en paz, no entendida esta como la inexistencia de conflictos, sino como la posibilidad o las condiciones permanentes que permitan solucionar los conflictos de manera civilizada, exige la expedición de normas, leyes o códigos morales.” (Molina, 2013:92) bajo esta mirada podemos estar acercando la finalidad de la norma jurídica positiva con aquella que proporciona herramientas desde el mismo ser humano para afrontar desafíos en la garantía de derechos de los NNA.

La posibilidad que en el siglo XXI podamos discutir sobre esta área nos valida como una sociedad civilizada, que vive bajo las oportunidades que nos da la contemporaneidad y a su vez evita el estancamiento a través de los estudios sociales bajo la dinámica constante que se da gracias a las variables que son entendidas en las Ciencias Sociales, “la Evolución es un termino representativo que implica cambios con continuidad, normalmente con un componente direccional” (Molina, 2013:92).

Si nos situamos dentro de ese proceso evolutivo podemos entender que el trabajo realizado hasta aquí en pro de velar por la protección integral y la re-conceptualización de familia, sociedad y Estado en un entorno globalizado nos llevar a pensar en el mismo bajo las dos teorías evolutivas que plantea Molina citando a Lamark y a Darwin (2013); Lamark sostiene que “la información pasa del medio ambiente hacia el fenotipo y de este al genotipo; es decir, hay un acoplamiento entre las variaciones y las presiones selectivas ambientales” (pp. 93) por lo tanto las acciones emprendidas y las estrategias para el trabajo en familia y comunidades obedece a una interacción con el medio ambiente de donde emerge las problemáticas que afronta la familia, pero Darwin sostiene un punto distinto en el cual “el cambio evolutivo resulta de la selección o variabilidad de especies y supervivencia por la existencia. Las especies mejor dotadas tendrán mayores probabilidades de sobrevivir. Así? funciona la selección natural.” (Molina, 2013:93)

Este proceso evolutivo nos lleva a pensar no sólo en términos biológicos o en la simple sobrevivencia del ser humano y su relación con el entorno; nos inserta en el interés por conocer cómo construye elementos de interacción con el otro, cómo se adapta y actúa en distintos escenarios y cómo ese factor medioambiental dado en lo cultural permea su cuadro de valores, de intereses y de la imagen de su prójimo.

Una de las características del ser humano es la de estar inmerso en grupos con fines de sobrevivencia y es por ello que se organiza en sociedad, podríamos decir que es una herramienta de la que se vale para evolucionar y satisfacer necesidades básicas; en esa característica la familia es el grupo primario donde se nutre de conceptos básicos que luego terminan en juicios morales los cuales “no proceden de la religión, la familia, el Estado u otras instituciones, sino que es un instrumento milenario de supervivencia heredado que ha permitido que la sociedad progrese” (Molina, 2013:97) y determinan el rol que asume en cada grupo (por ejemplo la familia) y la relación e interacción que debe entablar con otros.

En la manera en que el ser humano evoluciona a través de la construcción de esos juicios morales que tienen una comunicación de doble vía, podemos entender ahora cuál es el rol que asume la familia en esa interacción cultural; qué puede ofrecer y qué recibe de la cultura. Para ello Molina define 6 elementos de la cultura y que cobran importancia cuando deseamos determinar esa relación familia-cultura: creencias, valores, normas-sanciones, símbolos, lenguaje y tecnología. (2013:98).

Estos elementos ofrecen a la familia las herramientas para definir roles y dar herramientas de afrontamiento a los conflictos bajo una validación cultural; según lo que el símbolo y el juicio moral que hagamos sobre él, lo contrastaremos bajo el espectro cultural y de esta manera actuaremos; en ello se incluye el cuidado y protección de los miembros que se encuentran ante una amenaza, inobservancia o vulneración, si el significado de unos malos hábitos o del descuido hacia un niño da un juicio moral que aprueba la cultura será admitido como explicación compartida o una idea común.

La moral entonces debe ser abordada en el plano educativo por tratarse de una constante construcción por todos los actores que llama la ley a la protección de los Derechos de los NNA de esta manera se convierte ella en un “un imperativo si se aspira a formar y fortalecer sociedades más justas y democráticas” (Molina, 2013:99) transcendiendo no sólo en explicar lo que está bien o está mal, sino en el reforzamiento de la idea de empatía; sólo pensarse en la posición del otro nos dará herramientas del perfeccionamiento de los objetivos que propende la Ley 1098 de 2006. Una tarea que no se ve distante si entendemos que los adultos fueron niños y que será más sencillo entender los retos, necesidades y dificultades que se tienen en este ciclo vital: “La empatía acabara desembocando en una ventaja evolutiva” (Punset citado por Molina, 2013:100).

La “educación empática” (si se puede usar el término) no debe avocarse en los términos asistenciales de principio y mediados del siglo pasado donde la inferioridad del otro provocaba sentimientos de culpa sobre quien era superior y trataba de resolver con inmediatez sus carencias; debe tratarse en términos de altruismo o como lo sintetiza Molina “La empatía como una expresión de la moralidad innata se expresa en el altruismo” (pp. 100).

Este ejercicio insertado en la dinámica familiar desarrollará inteligencia moral desarrollada por Molina (2013:102) la cual pretende perfeccionar la integridad, comprensión, responsabilidad y perdón (tolerancia, flexibilidad y compromiso por el bien común) como los ejes fundamentales en el Proceso Administrativo de Restablecimiento de Derechos.

Quizá se trate de una tarea ambiciosa donde el conflicto permea el ambiente en Colombia y donde la resolución pacífica entra en contravía a la ley del mínimo esfuerzo y la justificación por medio de la naturalización del mismo pues “Si bien del cerebro salen mensajes de agresividad y violencia que parecen devolvernos a las más oscuras noches de las cavernas, también hace aflorar naturalmente comportamientos de empatía, colaboración, justicia, solidaridad que hacen pensar en un mundo mejor” (Molina, 2013:104).


REFERENCIA


Molina Ramírez, N. (2013). La moral: ¿Innata o adquirida?. Revista Colombiana de Bioética, [en línea] 8(1), pp.89-106. Disponible: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=189228429007 [Acceso 3 Mayo 2017].

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